LA REVISTA QUE SALVA AL HOMBRE
Margarita Rosa De Francisco no tiene nada que demostrar

El lanzamiento de su libro “El hombre del teléfono” nos dio la excusa perfecta
para hablar con ella y confesarle, de nuevo, nuestro amor eterno; además de compartir, con la complicidad de su novio (el autor de estas fotos), esa belleza de la cual solo una mujer como ella puede presumir.

Por: Sergio Ramirez


Sabemos que lo hemos dicho muchas veces (y de muchas mujeres) a lo largo de estas 50 ediciones, pero esta vez sí que es cierto. Definitivamente eso es Margarita Rosa de Francisco, una mujer que amamos, y la amamos incluso en aquellos momentos en que ella no se amaba tanto a sí misma, esas etapas difíciles que ha decidido develar en un libro que acaba de lanzar al mercado y en el cual, aprovechando una bizarra historia de “amor” (“no, eso no fue amor, ni siquiera puede decirse que éramos amigos”, asegura) desnuda sus debilidades y frustraciones, con lo cual, al final, terminamos amándola aún más.

Alegre, hermosa, inteligente, vivaz, Margarita Rosa de Francisco Baquero parecía destinada a la felicidad. “Mi infancia y adolescencia estuvieron rodeadas de música, baile, campo, amigos, familia”. Sin embargo, sostiene, nació con un espíritu inquieto por el sentido de vivir. “Empecé a hacerme preguntas complicadas, esas que han dado lugar a la historia de la filosofía y que jamás serán respondidas. A mí, de niña, preguntar eso y que los adultos todopoderosos no supieran dar razón, me disparó un miedo abstracto que no tenía alivio”.
Creció con ese miedo adentró, mientras estudiaba baile, pasaba fugazmente por el modelaje y se convertía en reina. “El reinado fue algo entretenido en medio de tanta metafísica”, reflexiona. Pero el entretenimiento duró poco. La reina se convirtió en actriz y la actriz en estrella, comenzamos a amarla sin límites y sin consideración y a empujarla a la tristeza. “Estar expuesta permanentemente a los medios, tener que dar explicaciones sobre cada paso que daba me hacía tremendamente infeliz. Ser un parapeto, donde la gente vuelca y proyecta sus fantasías, sus amarguras, sus confusiones, requiere mucha estabilidad emocional para aguantarlo y, sobre todo, para ignorarlo, pero yo, por el contrario, en esas épocas de tanto movimiento mediático alrededor de mis cosas personales no me sentía dueña de mi propia vida”.

Se enamoró, y se casó con Carlos Vives, otro de esos personajes que Colombia ama sin condiciones. Si en este país se hubiera podido instaurar la monarquía, los hubieran nombrado reyes y, claro, su separación fue una desilusión nacional. “Mi primer matrimonio fue una etapa hermosa y enamorada, pero nuestras carreras empezaron a demandar todo de nosotros y esto nos fue separando. Cada uno quería surgir y tener un camino profesional potente e independiente y ese anhelo fue más fuerte que luchar por seguir casados”.

 

Cansada de estar en el centro de todo, decidió poner mar de por medio y atravesó el océano. Madrid representó un lugar de crecimiento enorme. “Allí empecé a prepararme seriamente como actriz y me entregué a la escuela mientras hacía el duelo de mi separación. Fueron días de mucha confusión, soledad y tristeza, pero de gran valor espiritual”.
Y así, sin esperarlo, mientras ella se refugiaba en Madrid huyendo de todo, aparece un personaje que se ha convertido en uno de los protagonistas de un libro en el que ha decidido revisar, como si se tratara de alguien más, algunos de esos momentos difíciles de su vida. “El hombre del teléfono aparece de la nada, de una manera misteriosa y original, atrevida y divertida. Fue una especie de oasis en medio del desierto. Su impresionante sentido del humor fue mi salvador en esos días difíciles”.

Al final, asegura, sintió que nada de lo que estaba pasando con ese personaje tenía sentido. “Nuestro encuentro fue, de principio a fin, una obra de teatro que pedía a gritos un final”. Y así pasó una y otra vez. Margarita Rosa, a la que amamos tanto, parecía no tener “suerte” en el amor, como dicen las señoras. “No fue cuestión de suerte sino la consecuencia de una autoestima baja, de no tener seguridad como mujer, haber creído que es el hombre el que te da tu lugar, y el miedo a la soledad, que es el peor consejero para conseguir pareja, ahí sí se pega uno de cualquier persona, así sea dañina”.
Por fortuna, desde hace varios años comparte su vida con alguien que ella misma define como “un hombre emocionalmente inteligente, sensible al arte y a la belleza de las cosas simples de la vida, pacífico, caballero y correcto”. Se trata del fotógrafo y productor Will van der Vlugt, a quien, al parecer, no le molesta que la amemos tanto porque fue el autor de estas fotos. “Ustedes las pidieron. No creo que quieran publicar imágenes de mujeres que, según sus editores, sean feas. Yo mandé unas fotos que a ustedes no les parecieron suficientemente sexis y me tocó ponerme en este plan, que no es mi favorito”.
Disculpas, Margarita, por la presión, pero valió la pena (¿o no?). Igual con el tiempo, la belleza deja de pesar. “Envejecer es la mejor parte. Cuando cumplí 40 la cosa empezó a ponerse un poco miedosa pero más interesante. Qué delicia que la belleza no sea un deber, eso le corresponde a la juventud por estas latitudes, donde la belleza está asocidad a permanecer joven. No es que ser bella no me importe, sino que, en mi caso, responde a otros cánones, donde eso se transforma en otra cosa. Me siento más bella ahora, porque me siento más cómoda con mi personalidad”.

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Ahora ella se ama sin condiciones, casi como la amamos nosotros. “La de los 25 años era una joven errática, desesperada por encontrar su lugar en el mundo a través del éxito, deseosa de ser reconocida por los demás, ansiosa de ser amada, temerosa de la soledad y de la mirada de los demás. La de ahora es una mujer más aplomada, menos preocupada por encontrarse a sí misma, menos prejuiciosa, más conciliadora, más dispuesta a vivir y dejar vivir, más lista para disfrutar las cosas pequeñas” ¿Ven por qué la amamos?.

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