LA REVISTA QUE SALVA AL HOMBRE
Los 60 de Miguel Bosé

Dicen, que la paternidad y los años le han quitado algo de fiereza. ¡Qué va!, a los 60 Bosé sigue siendo Bosé: explosivo y arriesgado, talentoso hasta el virtuosismo, seguro de sí mismo hasta la arrogancia y dispuesto a decir lo que piensa.

Por: Sergio Ramirez / Fotografías: Ricardo Pinzón Hidalgo / Producción y stiling: Charlie Carvajal para La Madonna Producciones

Agradecimientos: Hotel NH Collection Teleport Royal


“Tú sígueme”, indica con la seguridad de quien lo ha hecho cientos, miles de veces. Miguel Bosé comienza la transformación, mientras el fotógrafo dispara una y otra vez capturando las poses, los gestos, las miradas de quien lentamente, según su propia narración, deja poco a poco de ser Miguel para convertirse en Bosé.
“Podríamos poner las manos en la cintura”, se atreve a decir el hombre tras la cámara. “No”, asegura el hombre tras el personaje, sin perder la amabilidad (ni la sonrisa que derrite a millones de ambos sexos en todo el mundo), pero dejando en claro que está poco acostumbrado a que le digan qué hacer. Complicado y soberbio, como él mismo reconoce (“cada vez menos”, asegura), todo a su alrededor debe estar perfecto y aquellos que trabajan en su entorno están pendientes de hasta el más mínimo detalle.


Sin embargo, hay cosas que no dependen de él; cosas que, a pesar de su afán por tenerlo todo organizado, se salen de su control y, tal vez por los años y la familia, que dan sabiduría y paciencia, ha ido aprendiendo a aceptarlas; como que, por esas veleidades del clima (o de la imprevisión de la Aerocivil) al despertar en la madrugada no esté a punto de desembarcar en la sala VIP del aeropuerto internacional El Dorado en Bogotá (cerrado por niebla) sino dando vueltas en círculos y a unos minutos de aterrizar en la pequeña terminal aérea de Armenia, donde, durante las próximas tres horas, decenas de afortunados viajeros aprovecharán la oportunidad que les dio el destino de tomarse todas las “selfies” posibles al lado del intérprete de Amante bandido.


“Fue algo surrealista -narra, sentado en un sofá como muchos otros, de una suite de hotel, como las miles en las que ha dormido a lo largo de 40 años de carrera artística-. Me desperté en un vuelo, que debería haber sido de cuatro horas, preparado para ver el amanecer y de repente estaba a plena luz del día”. Con el aeropuerto El Dorado cerrado y los terminales de Cali y Medellín sobrecargados, la orden de la torre de control fue desviar el vuelo a El Edén, en Armenia. “No tengo nada en contra de ese lugar, pero cuando me quedé dormido era poco probable que terminara allí mi viaje”. Pues allí terminó, sentado en la única sala de la pequeña terminal, sonriendo a los que salían, a los que llegaban, a los que, como él, terminaron en esa esquina del mundo por culpa del clima, y, para acabar de ajustar, solo “Yo que nunca viajo solo. Pues ya está, acabé haciéndome fotos con todo el pasaje”.


“¿No lo hacen sentir ese tipo de cosas un poco fuera de lugar?”, pregunto. “Son infinitos los caminos de la música”, responde como si proclamara una letanía. “Esa es una profesión en la cual uno, desde luego, no se aburre, porque siempre pasan las cosas más imprevistas y en el momento más inesperado, al final ‘take it or leave it’. Yo entré voluntariamente en este sistema, y si me molesta, lo que sea, pues voluntariamente podría salirme, pero no”.

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El reto de desconectarse
¿Salirse?, jamás. A los 60 años aún tiene mucho por hacer, sueños, planes (quiere componer una banda sonora) y riesgos por asumir, como la grabación de su más reciente álbum, el mismo cuya promoción lo trajo a Bogotá (con la inesperada escala en Armenia), un desconectado para MTV, que, asegura, pensó en un principio era lo más alejado a la esencia de su música. “Mi sonido no es acústico, es una manera de concebir la música –confesó durante la rueda de prensa-. Tenía mucho miedo de perder mi identidad en el camino, pero, como todos los temores, se desvaneció en el momento en que me puse a trabajar”.


La versión desconectada de Bosé vino, como siempre, con un grupo de amigos: Marco Antonio Solís, Ximena Sariñana, Natalia Lafourcade, Benny Ibarra, Pablo Alborán, Fonseca y Juanes, casi todos latinoamericanos. “Este continente ha sido muy generoso conmigo”, asegura. Desde que comenzó su carrera artística, a los 19 años, se ha pasado la mayor parte de su vida a este lado del Atlántico. “Me siento muy americano, yo y toda mi familia: tío Pepe estaba casado con una peruana, mi tío Domingo lo hizo primero con una guatemalteca, luego con una española y terminó viviendo en Ecuador, allá está enterrado, y yo desde que empecé mi carrera me he pasado 8 o 9 meses al año en este continente. Siempre he dicho que uno como español no podrá comprenderse completamente si no conoce Latinoamérica”.


Igual, Luis Miguel González Bosé es realmente americano. Nació en Panamá aunque, afirma, estaba destinado a llegar al mundo en Medellín (con un apellido como González, seguramente sí). “Hay muchas versiones –explica-. Yo cuento la que, al parecer, tiene más apoyos”. La familia de su padre (el torero Luis Miguel Dominguín, para los que no lo recuerden), se radicó en la capital antioqueña huyendo de la guerra civil española. “Mi padre creció en Medellín y se sentía paisa; de hecho, cuando terminaban las temporadas de toros se venía para Colombia con sus amigos. Él, como yo, pasaba mucho tiempo en América y quería que yo naciera en Colombia, pero por cuestión de conexiones (era otra época) no lo logramos; sin embargo, a los 15 días de haber nacido me trajeron aquí y aquí pasé un mes con toda mi familia colombiana, que es enorme; por eso, cuando me ofrecieron la nacionalidad colombiana la acepté con mucho gusto, por mí, porque mi relación con este país es muy grande, y por mi padre, que sé que hubiera sido muy feliz de haber sido colombiano”.

Un hombre de familia
A Panamá regresó después de muchos años por una razón muy fuerte, su familia. “Hace mucho tiempo comencé a pensar que debería venirme para acá por mi trabajo, nunca lo hice porque mientras no tuviera ataduras no había ningún problema, pero cuando nacieron mis hijos, lo decidí porque no soportaba estar separado de ellos. La primera vez que tuve que dejarlos solos dos o tres meses se me estalló el corazón, no hice sino llorar. Ahora termino un concierto en Guadalajara, México, y al otro día antes de las 12 estoy con mis hijos, me paso la tarde con ellos, los acuesto y a la mañana siguiente los llevo al cole y después agarro un avión para Buenos Aires. Es perfecto, debí haberlo hecho hace mucho tiempo”.


Desde hace cuatro años viven en Ciudad de Panamá, “a seis horas, máximo, de cualquier lugar de América” y al otro lado del océano de lugar donde creció y el cual, considera, debe replantear su futuro. “Europa es un continente bellísimo, un sitio donde hay que ir a llenarse de cultura, a pasear como quien recorre un museo histórico, a comer bien, ver cosas bellas, divertirse y luego, fuera, vete, porque allí no hay futuro, yo sentí que mis hijos en Europa no tenían futuro”.
Tiene cuatro hijos: Diego y Tadeo, de seis años, y Telmo e Ivo, de cinco. “Soy un papá soltero, somos una familia diferente”, asegura. Sus chicos nacieron en California y fueron concebidos en un vientre de alquiler. “En ese entonces había solo cuatro estados cuya legislación amparaba esa práctica”. Hoy, explica, podría hacer lo mismo en por lo menos 14 regiones de los Estados Unidos. “Muchísimas personas han decidido tener otro tipo de relación. La familia, tal y como la establece la iglesia católica, es un sistema que ya no funciona, es obsoleto, tiene que ser renovado. Son muy pocas las familias católicas, regidas por las normas de su iglesia, que viven felices y unidas, pero tienen que mantener las apariencias, mientras que hay otras famillias diferentes con padres diferentes: dos hombres, dos mujeres, un hombre solo, una mujer sola, dos hombres y una mujer, un hombre y dos mujeres y también un hombre y una mujer, es una posibilidad, pero no la única opción”.


Ser padre, lógicamente, le ha cambiado la vida y, según algunos, el temperamento. En esa especie de juego de Jekyll y Hyde que divide su vida entre Miguel y Bosé pareciera que fuera cada vez más Miguel, aunque, deja entrever que a lo mejor estamos equivocados. “Es verdad que desde la paternidad me he vuelto mucho más amable y no tan odioso, y me da la sensación de que vosotros sospecháis que ese es Miguel, pero a lo mejor no. Obviamente es Miguel quien asume la paternidad, pero esta igual ha tocado a Bosé y lo ha hecho más tolerante, más paciente, con las prioridades mucho más claras. Antes me irritaba por cosas que, ahora, pienso que eran una pérdida de tiempo. Lo que sí es cierto es que la paternidad ha invadido la agenda de Bosé, porque definitivamente ahora los hijos son el proyecto más grande de mi vida; además, lo he abordado tarde y no quiero descuidarlo. Igual siguen separados, aunque coahabitan en un mismo cuerpo y tiene que aceptar esa bipolaridad hasta la puerta de mi casa, esa es la frontera. Miguel llega ahí y se descomprime, suelta todo y se convierte en un ser anónimo, con un perfil muy bajo, el mismo que quisiera para mi familia. Soy muy feliz en mi casa. Pero luego está Bosé, el loco, el creativo, al que hay que ponerle bozal, tirarle de las riendas, y Miguel, que es metódico, suizo, milanés, ordenado, que a veces no puede con esa locura pero sabe que tiene que permitirlo porque Bosé es quien sigue pagando las cuentas”. ¿Y los chicos (González como su padre), saben qué significa ser hijos de Bosé? “No, todavía no, pero lo adivinarán porque la genética es fuerte”.

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