LA REVISTA QUE SALVA AL HOMBRE
El coleccionista

José Darío Gutiérrez, antioqueño, 56 años, reacio a dar entrevistas. Tiene la que, según muchos, es la mejor colección de arte colombiano. –Por Andrés Arias 


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Fotografía: Ricardo Pinzón Hidalgo

 

La pintura mide 55,5 por 43,5 centímetros. Está fechada en 1875 y, junto a la firma, aparece la palabra “Colombia”. Es el retrato de una mulata elegante; lleva flores en el pelo y un collar de perlas; el escote deja ver unos hombros perfectos y provocativos; luce altiva y melancólica. Su autor es el mexicano Felipe Santiago Gutiérrez, quien a mediados del siglo XIX viajó por Suramérica y terminó convirtiéndose en el fundador y director de la Escuela de Bellas Artes de Bogotá.

Javier López Morton es el director de la casa de subastas Morton, en México. En su blog cuenta que hace cinco años visitó una vieja casa en la Colonia Irrigación del D.F. La dueña había muerto hacía unos días y sus hijos querían vender algunas piezas. La principal era una pintura de la Inmaculada Concepción, supuestamente obra de Cristóbal de Villalpando, “desafortunadamente sin firma y con pocas posibilidades de atribuírsela al hábil pintor virreinal”, escribe. Y a continuación, anota: “Entramos al despacho para platicar [sobre] la triste historia del supuesto Villalpando (…). Siento en mi espalda una mirada, volteo y me encuentro a una mulata adornada con unos claveles rosas en el pelo, sujetos a un listón azul ultramar, ojos brillantes y labios carnosos (…). Un rostro apacible y altamente sensual. Estaba ahí, en un nicho formado por libros, me acerco para verla mejor y ahí descubro que está firmada por Felipe Santiago Gutiérrez, Colombia, 1875. La tomo del marco, la descuelgo del muro y les digo a los hermanos que es a ella a quien vine a buscar”. 

La puso en subasta el 22 de noviembre de 2009, y un coleccionista la compró. Pero, como tantas veces sucede en el mercado del arte, hace unos meses la obra volvió a caer en manos de López Morton. De nuevo, la ofreció en remate. Esta vez, el 29 de mayo de este año.

En Bogotá, José Darío Gutiérrez recibió un correo electrónico de una buena amiga. Le decía que aquello le podía interesar y le enviaba el link de la subasta. Cuando él se encontró con la imagen de esa mulata en la pantalla del computador, se emocionó ante su belleza, pero lo que lo llevó a querer tenerla fue que hubiera sido pintada en Colombia y en semejante fecha, tiempos en los que las mujeres de color no eran retratadas y mucho menos con semejante altivez. 

Una de las obsesiones de la academia en Colombia es la relacionada con la entrada del país a la modernidad. ¿Cuándo fue? ¿A través de qué obras se puede rastrear este acceso? Pues bien, cuando José Darío vio la pintura de Felipe Santiago Gutiérrez, la pregunta que se hizo fue: “¿Acaso no puede entenderse esta pieza, tan arriesgada para su época, como la primera obra moderna colombiana?”. A manera de respuesta, lo que hizo fue pujar en la subasta.

No fue tan fácil. La primera tarjeta de crédito internacional que Gutiérrez usó estaba cancelada por falta de uso; buscó otra: lo mismo. Las demás eran solo de cubrimiento nacional. Desesperado, tomó el teléfono y llamó a López Morton. Lo que le dijo fue más o menos: 

—Yo no lo voy a robar. Búsqueme en Google y verá que existo.

Al rato, recibió por respuesta algo así:

—Sí, aquí lo estoy viendo. No le va a quedar fácil escabullirse. 

Gutiérrez pujó, entonces, por teléfono. Había más personas interesadas en la obra, pero él ganó la subasta y se quedó con la mulata. 

¿Qué vio López Morton cuando escribió el nombre de Gutiérrez en el buscador? ¿Interesantes datos sobre la vida de un coleccionista? Nada de eso. Lo que halló fue imágenes de cocteles y comidas de los que Gutiérrez y Vicky Turbay, su esposa, son miembros de número. Una socialité bogotana, que me pidió no revelar su nombre, me hizo un listado de las personas que no deben faltar en un evento de categoría: el nombre de Vicky Turbay estuvo entre las primeras diez. Sí, el nombre de Vicky, no el de José Darío. Él cumple con acompañar a su esposa y posar junto a ella para la foto; comúnmente, pasa el resto de las veladas casi en silencio. Jamás habría pensado que sonreír para los fotógrafos de sociales le iba a resultar útil para hacerse a una obra, mucho menos en México.

UN PENTHOUSE EN LOS CERROS ORIENTALES bogotanos. Se abren las puertas del ascensor y mis ojos se pierden en un inmenso tríptico de Luis Caballero. Gutiérrez —camisa por fuera, bluejean, mocasines marrón— me recibe en el estudio. Vengo con dos advertencias. La primera: “Es tan tímido, que al comienzo te va a parecer creído, pero el tipo es buenísima gente”. La segunda: “Ya verás la cátedra de Historia del Arte que te va a dar”. 

Así fue. Es más, las dos advertencias se relacionan entre sí: Gutiérrez solo parece relajarse y comenzar a sonreír cuando me invita a conocer la colección. Vamos recorriendo el apartamento y, al tiempo que me señala un grupo de obras aquí o allá, me explica por qué las adquirió, cómo se van ligando y cuál es el gran concepto curatorial que lo cobija todo.

Es más que un comprador obsesivo de, yo qué sé, Boteros, Obregones y Graus, o de artistas contemporáneos que se estén disparando en el exterior. Ya el investigador Halim Badawi me lo había explicado: “Quién sabe. A lo mejor en Colombia hay colecciones de arte más grandes en cuanto a número de piezas, pero no colecciones tan importantes e interesantes. José Darío, por ejemplo, no compra obras de artistas porque estén de moda o porque sean buena inversión. Perfectamente se puede interesar en el trabajo de un desconocido si le parece que está entroncado con los intereses de su colección”. 

 Así le sucedió al artista —y ahora curador de las exposiciones internacionales del Banco de la República— Nicolás Gómez Echeverri. “Hace unos dos años, cuando aún era menos conocido de lo que soy hoy —dice riendo—, participé en algo que ni siquiera era una muestra colectiva, sino una especie de kermés. José Darío, sin tener la menor idea de quién era yo y sin conocer mi obra, pasó por ahí y acabó comprando una pieza de mi autoría”. Se trataba de una pequeña acumulación de óleo —una masa— que terminaba semejando un grupo de montañas. En últimas, un paisaje. 

Paisajes. Mientras caminamos por el inmenso dúplex y vemos y vemos obras, Gutiérrez me explica que la colección tiene dos o más ejes. Uno es el de las modernidades. Habría una supuesta entrada en la modernidad cuando, a principios del siglo veinte, los artistas se olvidaron de pintar a la Virgen, o de retratar regordetas a imitación de los europeos del XIX, y se lanzaron a pintar los paisajes colombianos. Se les agrupó en la llamada Escuela de la Sabana. Lo dice mientras me enseña tres paredes repletas de obras de Gómez Campuzano, Borrero, Páramo y Zamora. La otra modernidad tiene que ver con los artistas de los años veinte, treinta y cuarenta, y me señala una zona del apartamento con pinturas y esculturas que hablan de indigenismo y campesinos: nacionalismo a rabiar. Y la tercera modernidad es la de los grandes nombres que todos conocemos: Botero, Obregón, Grau, Ramírez Villamizar… y ahí están. 

Pero en esta colección hay más, mucho más, que no cabe en estas categorías. El arte contemporáneo, por ejemplo. “Ahí está el otro eje —explica, y hace rato que sonríe—: el de la apropiación política y la afirmación de la nacionalidad. Un reconocimiento del territorio bajo una concepción holística. En últimas, los ideales de Humboldt son los que cobijan toda esta agrupación de obras”. 

Algunos dicen que es un poco intrincada la curaduría de la colección de Gutiérrez, y otros, por su lado, aseguran que es mucho más flexible de lo que parece. “Si algo que ve por ahí le gusta, él terminará haciendo ilaciones para que quepa dentro de todos esos conceptos de territorio, apropiación y modernidad. Al fin y al cabo, no es la colección de un museo, es una colección personal”, comenta un crítico de arte amigo mío.

A inicios de los años ochenta, cuando recibió su primer sueldo, Gutiérrez corrió a comprar una pintura: un paisaje de San Andrés, obra del nadaísta Kat. Entonces no pudo parar. El arte colombiano —“no siempre nacionalista, a veces muy crítico y duro, pero siempre reflexivo sobre lo que el país es”, explica— se le convirtió en un oficio paralelo. O a lo mejor en más: en una razón para vivir, en uno de sus únicos temas de interés, en una de las pocas cosas sobre las que le gusta hablar.

Así pasaron los años, acumuló y acumuló obras (no le gusta hablar de números, lo cierto es que no toda la colección cuelga de las paredes del apartamento: en bodega hay mucho más), hasta que en 2008 hubo un punto de quiebre. Se llama Bachué

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