LA REVISTA QUE SALVA AL HOMBRE
El coleccionista

José Darío Gutiérrez, antioqueño, 56 años, reacio a dar entrevistas. Tiene la que, según muchos, es la mejor colección de arte colombiano. –Por Andrés Arias 


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 MIENTRAS LA SELECCIÓN COLOMBIA LE METE 

cuatro goles a la de Japón, Vicky Turbay y yo almorzamos en el décimo piso del Club El Nogal. Quizá somos los únicos en el salón que no llevamos camisetas amarillas y que no tenemos los ojos puestos en la inmensa pantalla. En una mesa más bien arrinconada, y en medio de la gritería, Vicky —bolso Hermès, jeans rotos, puro estilo (es jurado de los Premios Cromos de la moda) — me cuenta: “José Darío y yo nos conocimos en una cita a ciegas en un bar llamado Ramón Antigua, en 1984, en Bogotá. Yo estudiaba Derecho en la Javeriana. Soy cartagenera, de férreos orígenes libaneses. Él trabajaba en un banco en Barranquilla, nos cuadramos, y lo invité a Cartagena a conocer a mi familia. Almorzamos con ellos en mi casa. Cuando él se fue, entré al cuarto de mis papás. Mi mamá estaba en la cama y mi papá, mientras le tomaba la presión, con todo el drama, me dijo: ‘Vas a matar a tu madre’. Y ella añadió: ‘No me gustó para nada ese muchacho. Llámalo ya y termina con esa relación’”.

Vicky obedeció. Sin embargo, se siguió hablando en secreto con Gutiérrez, hasta que la cosa terminó en matrimonio. “Cuando mis papás supieron que me casaba, dijeron que me quitaban todo el apoyo, y eso hicieron. Un tío mío dijo, entonces, que él corría con todos los gastos, pero cuando mi mamá se enteró de que me iba a poner un vestido de una prima, dijo: ‘¡Mi hija nunca se ha puesto un vestido prestado!’, y al final puso la plata y vino con mi papá. Supuestamente, era el día más feliz de mi vida y lo que recuerdo es a mi mamá intentando secuestrarme y llorando como una Magdalena, y a mi hermano asegurándose de que José Darío sí estuviera esperándome en la iglesia, porque, quién sabe, a lo mejor después de tanto enredo, había decidido no casarse conmigo”.

Gutiérrez y su familia habían llegado a Bogotá cuando él tenía doce años. Su mamá fue profesora de Arte en colegios de Medellín, y él había crecido entre las diapositivas y los libros que ella usaba en sus clases, y rodeado por las pinturas de Pedro Nel Gómez, que decoraban la casa. La acompañaba a algunas exposiciones y pensaba que aquellos artistas de finales de los sesenta e inicios de los setenta tenían que estar completamente chiflados. Tiene fresquísima en la mente la imagen de una de las últimas muestras que vio durante su niñez en Medellín: Bernardo Salcedo exponía una montaña de quinientas bolsas de heno. ¿Podía ser eso arte? 

No le fue fácil adaptarse a la vida bogotana, ni al frío, ni al acento, ni a la forma de ser de los que serían sus nuevos amigos. Pero terminó graduándose como bachiller en el Colegio de San Bartolomé y después entró a estudiar Derecho en Los Andes.

Acabó la carrera y empezó a trabajar en la banca. Fue por esos días que conoció a Vicky. Ya casado, incursionó en el mundo de las empresas mineras y después se dedicó a importar elementos médicos.

“Yo seguía sin entender los bultos de pasto de Salcedo —me explica—. Suponía como arte esta reivindicación del campesino de artistas contemporáneos a Pedro Nel Gómez, porque crecí rodeado por su obra. Entonces, ese tipo de arte fue el que comencé a comprar. Y todavía hoy me interesa muchísimo. Después vinieron los paisajes”.

Vino más. Gutiérrez asegura que desde el comienzo tuvo clara la ruta que tomaría la colección que estaba formando: piezas que le ayudaran a entender qué carajos era Colombia. No llamó su atención una obra de Andrés de Santamaría simplemente por ser de Andrés de Santamaría, o una pintura de Rafael Echeverri solo porque se la estaban dejando baratísima. Le interesaba y le interesa el arte que dice algo sobre el país. Es más, tiene un papelito que no deja ver de nadie, con un listado de las etapas y las obras precisas que le interesan de cada artista, porque en ellas se tratan temas relacionados con Colombia y la modernidad (obviamente, la lista cada vez tiene más tachones y es más corta). 

Vicky recuerda: “José ahorraba y me decía: ‘¿Nos vamos de vacaciones o nos compramos un cuadro?’. Y yo le contestaba: ‘Compremos un cuadro’. Otra mujer le habría dicho que cómo se le ocurría, pero para mí no fue un choque descubrir su obsesión, sino un placer. Todos los meses siempre hubo un cheque para el arte”. 

Para 2008, cuando la colección ya era más que considerable, Gutiérrez había establecido el arte de aquella segunda modernidad (años veinte, treinta y cuarenta) como uno de sus puntos de mayor interés. Sí, un poco porque creció rodeado de obras de aquellos días: las veía en su casa y en las paredes de la Escuela de Minas, donde su papá daba clases (José Darío lo acompañaba de vez en cuando), pero también porque la crítica y la investigación parecían haberse olvidado de aquella etapa del arte colombiano. 

Gutiérrez leía lo que encontraba sobre el tema y no dejaba pasar buena parte de las obras que le ofrecían de los artistas de aquellos días. 

Entonces, la Galería Mundo inauguró la exposición El llamado de la tierra

 

LA PIEZA CENTRAL DE AQUELLA MUESTRA ERA, por decir lo menos, extraña. Se trataba de una escultura de 1,6 metros elaborada en 1925, en granito, por el artista bogotano (otros dicen que chiquinquireño) Rómulo Rozo. La hizo en París, donde vivía, por encargo de un industrial colombiano. La llamó Bachué, diosa generatriz de los muiscas. Se trata de una mujer con cuerpo de serpiente que nace de las aguas.

Según se puede ver en los diarios de la época, la respuesta de la crítica parisina a la Bachué de Rozo fue increíble: quedaron fascinados con aquel exotismo, jamás habían visto algo así. Y en Colombia sucedió algo semejante. Como lo anota el investigador Christian Padilla, “ninguna otra obra ha generado tanta influencia en otros artistas del país”. No por nada, a la generación de creadores nacionalistas que apareció en aquellos años se le conoce como el Grupo Bachué. 

En 1928, cuando lo invitaron a decorar el pabellón colombiano de la Exposición Iberoamericana de Sevilla del 29, Rozo le pidió a su cliente que le prestara la Bachué. El hombre aceptó. Allí estuvo la escultura, en el centro de un patio andaluz intervenido por Rozo, durante un año. Era la pieza más importante. Tras devolverla, ni Rozo ni nadie volvió a saber de ella. 

Álvaro Medina es una de las leyendas de la crítica y la curaduría en el país. En los años ochenta trabajaba en un libro que finalmente publicó en 1995 con el título de El arte colombiano de los años veinte y treinta. Mientras investigaba, se preguntaba qué demonios había sucedido con esa, la obra de arte más importante de aquellos tiempos. 

“En los años ochenta el embajador de Colombia en Sevilla era amigo mío —me cuenta una tarde en su apartamento mientras tomamos café—. Así que lo llamé y le llegué allá. Entré al patio central y vi que la escultura no estaba donde debía estar. Le pregunté y me respondió: ‘¿Bachué? No sé de qué me estás hablando. Si no está ahí es porque se la robaron’. Yo sabía que Rozo había hecho buena parte de su carrera en México y que allá había dejado familia. Entonces viajé a Mérida pensando que ellos tenían la escultura. Leticia, la hija, me respondió: ‘No la conocemos. Mi papá siempre habló de ella, pero nunca la hemos visto’. En el 97, Gloria Zea me invitó a hacer una exposición inspirada en el libro en el Museo de Arte Moderno. Sin la Bachué, la muestra quedaba coja. Retomé, entonces, el contacto con Leticia, la hija de Rozo. Habían pasado cinco años. Me dijo que hablara con el hermano. Él había hecho una exposición de la obra del papá en Bogotá, y se le había acercado un señor que le había dicho: ‘Yo tengo la escultura’. Primero me dijeron que el hombre vivía en Cartagena, después que vivía en Barranquilla. Al fin, después de mil vericuetos, me dieron el nombre y me consiguieron el teléfono. Llamé, contestó la esposa y me dijo: ‘¿Bachué? Ah, sí, aquí la estoy viendo. La tengo frente a mí’”.

Casi setenta años después de haber sido exhibida en Sevilla, la Bachué fue presentada en el Museo de Arte Moderno. “Le pregunté a la señora que si la vendía y me dijo que tal vez —sigue Medina—. Cada vez que yo iba a Barranquilla las visitaba a las dos: a la señora y a la escultura. De pronto un día, años después, me llamó. ‘Quiero venderla’, me dijo. La exhibimos, entonces, en la Galería Mundo”.

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