LA REVISTA QUE SALVA AL HOMBRE
El coleccionista

José Darío Gutiérrez, antioqueño, 56 años, reacio a dar entrevistas. Tiene la que, según muchos, es la mejor colección de arte colombiano. –Por Andrés Arias 


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Gutiérrez era cliente frecuente de esa galería; pero jamás se le pasó por la mente comprar la Bachué. Existía la idea de que la escultura debía quedar en manos de una institución pública (al fin y al cabo en la academia se le considera, junto a Violencia, de Obregón, la obra más importante del arte colombiano de siglo XX). Sin embargo, ninguna entidad gubernamental mostró interés (muchos dicen que por coletazos de las posturas de Marta Traba, la poderosa crítica argentina que siempre miró con desdén el arte nacionalista de la Generación Bachué; al parecer, la influencia de su discurso en algunos curadores es todavía grande).

“Como, increíblemente, nadie la quería —dice Gutiérrez mientras yo, asustado, toco la fría escultura, que ahora está en el centro del apartamento—, me la ofrecieron a mí. Sentía que no la merecía, que me iba a quedar grande… Pero al final ofrecí, e increíblemente me quedé con ella. Y sí, me quedó grande. Entonces decidí transformar ese peso, hacerlo útil”. Fue así como se le ocurrió crear algo que llamó Proyecto Bachué.

CUANDO LA ESCULTURADE ROZO ENTRÓ EN LA 

colección, Gutiérrez pensó que ya era tiempo de empezar a adquirir arte contemporáneo. Llegaron, entonces, las tumbas, de Juan Manuel Echavarría; la mazorca de dientes, de Carlos Castro; la figura precolombina hecha con palomas en la Plaza de Bolívar, de Miller Lagos; las fotografías de personas discapacitadas y desfiguradas teniendo sexo, de Andrés Sierra… Y las puso a dialogar con el arte del siglo XX que había coleccionado durante veinte años. ¿El resultado? Un concepto curatorial aplicado no a un museo, sino a un apartamento. 

Obviamente, no todo el mundo entendió el montaje, y les costó un tanto acostumbrarse. Las empleadas del servicio decidieron dar un rodeo para no pasar nunca frente a las tumbas; Sebastián, el menor de los dos hijos de los Gutiérrez, ante la obra de Sierra, preguntaba: “¿Por qué mis amigos tienen que ver esto cuando vengan?”; las amigas de Vicky miraban aterradas un sartal de dientes exhibidos como una escultura; y Valentina, la mayor de los hijos, se acostumbró a las caras de sorpresa y de qué-es-esta-vaina de todas las personas que invitaba al lugar. 

Gutiérrez lo sabe y a veces se mide. Pasamos una tarde visitando galerías. En una de ellas lo vi encantarse con una videoinstalación: el rostro de una mujer ríe a carcajadas sobre unas nalgas abiertas que no dejan de moverse. Me confiesa que lleva un buen tiempo interesado en el trabajo de la artista, pero que le da “cosita” exhibir algo así en su casa. Le importa un carajo el qué dirán, pero lo que menos quiere es incomodar a su esposa y a sus hijos. 

Claro que cada vez está más tranquilo. Ellos se han venido adaptando, y saben más de arte contemporáneo que cualquier periodista cultural. Vía correo electrónico, Valentina, que está en Londres tomando un curso de fotografía artística y sus mercados en el Instituto de Arte de Sotheby’s, me dice: “Cuando estaba terminando el colegio, no me dejaban hacer fiestas. Mi mamá me decía: ‘Entiende, ¡vives en un museo!’, y yo me moría de la rabia. Sin embargo, fui enamorándome del arte y empecé a ir todos los fines de semana con mi papá a visitar exposiciones. Hoy, casi la mayoría de mis amigos son artistas contemporáneos”.

Valentina es pieza fundamental del Proyecto Bachué. Como estudia Comunicación Social con énfasis en Producción Editorial, tiene a cargo buena parte de la responsabilidad de los libros que el Proyecto ha publicado y que seguirá publicando. La idea de Gutiérrez es arriesgada: patrocina investigaciones que reescriban la Historia del Arte colombiano; no quiere que la indiferencia que generó Bachué en las entidades públicas se repita. El primer libro del Proyecto, por ejemplo, apareció en 2012, y busca subvertir la idea de que Botero no es un buen artista y de que su primera etapa no tiene importancia. Lo que el texto demuestra es todo lo contrario: que si algún día —Dios quiera— uno tiene dinero para adquirir un Botero, debe comprar uno anterior a 1963; mejor dicho: anterior a las repetitivas gordas color bebé.

El libro se titula Fernando Botero, la búsqueda del estilo, y el autor es Christian Padilla. Una tarde de mayo tomamos unas cervezas. “Conocí a José Darío en la Galería Mundo, donde yo trabajaba”, dice el investigador. “Un día me llamaron para una labor anexa. Él buscaba a alguien que le hiciera la historia de su colección y le organizara las piezas. Le llevé mi tesis, sobre la escultura nacionalista de la Generación Bachué, y vimos que estábamos en la misma sintonía. Le hice el trabajo y quedamos en contacto. Me fui para Barcelona a estudiar y un día me escribió diciéndome que quería convertirse en patrocinador de investigaciones. Le conté que estaba trabajando en el proyecto de Botero y de inmediato se emocionó. Me preguntó cuánto necesitaba y me mandó la mitad, la otra me la dio cuando terminé”. 

Así, sin pensarlo mucho, Gutiérrez inició su labor como mecenas, algo extrañísimo en Colombia. Al día de hoy, la editorial ha publicado solo dos investigaciones, pero la idea es poner en librerías al menos tres libros al año. Gutiérrez tiene claro que las ventas nunca igualarán la suma de los adelantos que les está dando a los investigadores; es decir, sabe que lo más probable es que jamás tenga ganancias económicas. Pero no le importa: está fascinado con la idea de sacudir, de manera seria y juiciosa, nuestra Historia del Arte. 

El profesor de la Universidad de los Andes, Guillermo Vanegas, tiene una lectura bastante particular de todo esto: “Las investigaciones que Gutiérrez está patrocinando se van a replicar en la academia y terminarán creando un nuevo canon, unos nuevos temas de análisis. Su nombre va a estar relacionado con los aspectos y las miradas que se estudien en las universidades dentro de quince años, porque las investigaciones que él está publicando son las que los alumnos van a leer. Brillante, ¿no? Tiene el perfil de los Guggenheim y los Whitney, grandes coleccionistas que generaron canon. Está consolidando su nombre para la posteridad”. 

El pasado 26 de julio, en un lote del barrio La Macarena, en el centro bogotano, se inauguró la intervención del artista boyacense de 29 años Camilo Bojacá, titulada Jardín de malezas. En la mitad del lugar, sobre un andamio, un pequeño árbol; en las esquinas, plataformas de cemento con plántulas que miran hacia arriba o hacia abajo; en un rincón, edificios de concreto, hechos a escala, coronados por maleza. En el catálogo se puede leer: “¿Podrían existir en la ciudad proyectos arquitectónicos que se piensen como organismos? (…) Es el espacio baldío una oportunidad para cuestionarnos sobre la forma como entablamos nuestra relación con el espacio circundante y la naturaleza”.

Bojacá está obsesionado con la conflictiva relación existente entre la naturaleza y el urbanismo. Es, desde hace años, amigo de Valentina. Ella le presentó a su padre. “Un día él me dijo —cuenta Bojacá, sentado en su taller de La Candelaria— que tenía un lote vacío y que por qué no le proponía una intervención. Le pasé el proyecto de Jardín de malezas y le gustó. Entonces decidió patrocinármelo”. 

Con este montaje, Gutiérrez inauguró el lugar, que pronto se convertirá en una galería (las obras están a punto de arrancar), otra rama del Proyecto Bachué. Se llamará El Dorado, y allí exhibirán sus trabajos artistas jóvenes (muchos de ellos patrocinados por Gutiérrez en el desarrollo de su obra): montajes, en su mayoría, no comerciales. De nuevo, mecenazgo puro. O casi puro, dirán algunos. 

Obviamente, la figura de José Darío Gutiérrez ha generado conmoción en el mundo del arte colombiano. No son pocos los investigadores que quieren que él les financie proyectos, y no hay artista ni galerista que no sueñe o con tener su patrocinio o con saber que una de sus obras forma parte de la colección. Pensando en eso, una noche de comienzos de julio asistí a la inauguración de la muestra de varios artistas jóvenes en una galería: sabía que él iba a ir. Coca Cola en mano, entablé conversación con una pintora contemporánea. Terminé contándole en qué andaba, y lo que me dijo, refiriéndose al mecenazgo de Gutiérrez, fue esto: “¿Sabes cómo le dicen? El ‘Medici’ colombiano… ¿Me lo puedes presentar?”. 

De pronto se forma cierto alboroto, y pasan dos cosas, o tres. Veo al dueño de la galería diciéndole a uno de los artistas: “Ahí viene, ahí viene”; y mientras el muchacho se acomoda la chaqueta y se endereza, ahora el galerista da una orden inmediata: que cambien uno de los cuadros, rápido, rápido, por otro que traen de la bodega. Gutiérrez entra y todo el mundo mira para otro lado, como si nada. 

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